He mudado de piel más veces de las que puedo contar. Algunas veces por elección, casi siempre porque no me quedó de otra.
No soy el árbol del optimismo, ni la creatividad infinita, ni el amor incondicional andando. Hay días donde ninguna de esas cosas aparece. Días donde la actitud se me cae al piso junto con todo lo demás. Pero incluso ahí, sigo eligiendo. Sigo intentando estar mejor, sentirme bien dentro de lo que se pueda — que no siempre es mucho, pero es algo.
He aprendido, día a día y a veces a las malas, a abordar las situaciones de mierda con mejor actitud. No porque tenga un método. Porque me ha tocado, y porque en el camino descubrí que funciona.
Me he tirado piedras a mí misma más de las que necesitaba. Me he dado palo cuando ya estaba en el suelo. Y desde ahí también aprendí desapego, autovalidación, y algo parecido al amor propio — el que se construye después de haberte tratado mal, no antes.
He elegido soltar. He elegido sanar. Sigo teniendo conflictos sin resolver, cosas a medio camino, pieles que todavía me quedan grandes. No vengo con la vida resuelta.
Pero si algo he aprendido mudando tantas pieles, es que se puede seguir caminando incluso sin tenerlo todo claro. Y si mi caos le sirve a alguien más para practicar el suyo, sanar el suyo, o simplemente sentirse menos solo en el suyo — bienvenido, esto también es para ti.
