GRACIAS POR ROMPERME

Gracias, yo del pasado, por hacerlo absolutamente todo mal. En serio. Nivel maestría en el arte de tropezarme con la misma piedra, pintarla de otro color, y tropezarme de nuevo convencida de que esta vez sería diferente.

No fue un tropiezo. Fue una caída larga, con eco, de esas que duelen tanto que el cuerpo entero se pregunta qué hizo para merecerlo. Y la respuesta, con el tiempo, fue simple: nada me lo hizo. Yo me lo hice. Sola. Con mis propias manos y mi terquedad de creer que insistir en lo que no funcionaba era lo mismo que tener fe.

Me desangré por dentro un buen rato antes de darme cuenta de que yo misma era quien sostenía el cuchillo. Nadie más. Y ahí, en el fondo — porque sí, toqué fondo, no de forma poética, sino de la forma incómoda y nada instagrameable — entendí que lo que estaba haciendo simplemente no me estaba funcionando. Nunca me funcionó. Solo tardé una eternidad en dejar de fingir que sí.

Así que esto es un gracias, raro pero real, a mí misma por romperme lo suficiente como para no poder seguir ignorándolo. Por doler tanto que ya no hubo forma de darle la vuelta a la historia y disfrazarlo de «crecimiento personal» sin antes parar la hemorragia.

No fue bonito. No hubo epifanía con luz dorada de fondo. Hubo un: «ya no puedo seguir así» dicho entre lágrimas y con la dignidad bastante golpeada. Pero fue el punto exacto donde empecé a hacer algo distinto, aunque fuera solo un poco distinto, aunque fuera solo por no repetir lo mismo una vez más.

Gracias por romperme. Sin ese quiebre, seguiría ahí, insistiendo en la misma herida con la esperanza absurda de que doliera menos la próxima vez.

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