TU AMIGA FIEL

Hay amistades que sobreviven mudanzas, rupturas, crisis existenciales, despertares espirituales, recaídas espirituales, terapia, la fase sin terapia, la fase «ya no necesito terapia, necesito un té y silencio», y varias versiones distintas de ti misma/o que juraste eran la definitiva (spoiler: ninguna lo fue).

Y luego un día descubres que no sobrevivió a una conversación.

O a una interpretación de una conversación.

O, más probable, a una interpretación de una interpretación de un tono de voz que ni siquiera estaba ahí, porque el ser humano es experto en escribir novelas completas a partir de un mensaje de WhatsApp mal puntuado.

Uno espera, después de tanto tiempo invertido, un final a la altura. Gritos, un portazo, una persecución dramática por el pasillo. Pero no. La adultez da cierres mucho más aburridos: un silencio que se estira, un «visto» que nunca vuelve, y en algún momento entiendes que te sacaron del elenco sin siquiera avisarte que la serie había terminado.

Lo curioso de perder una amistad larga no es la pérdida en sí. Es descubrir que durante todo ese tiempo creíste que estaban leyendo el mismo libro, y resulta que cada quien estaba en una biblioteca distinta, en un idioma distinto, y una de las dos ni siquiera sabía que había una biblioteca de por medio.

También es curioso enterarte, tarde y sin haberlo pedido, de lo que esa persona pensaba de ti todo ese tiempo. Uno construye una idea de «amiga fiel» durante años, con velitas y todo, y de pronto descubre que la otra guardaba una versión tuya bastante menos favorecedora, archivada en algún cajón mental con etiqueta poco amable.

Y está bien. Está bien borrar gente de tu vida, y está bien que te borren de las suyas. No todo tiene que terminar en reconciliación con música de fondo ni en una conversación sanadora estilo final de temporada. A veces el cierre es simplemente eso: cada quien sigue su libro por separado, sin rencor performado, sin discurso final, y sin necesidad de ganar el argumento post-mortem de la amistad.

Ahí aprendí quién era mi verdadera amiga fiel. Spoiler: no era ella.

Era mi propia costumbre de idealizar a la gente hasta convertirla en algo que necesitaba que fuera, en vez de verla como realmente era. Esa nunca falta a una cita, nunca cancela, nunca te deja en visto. Se queda toda la vida, si se lo permito, como esa amiga tóxica que uno jura que ya va a soltar «el próximo mes.»

Cabe destacar que sin dudas yo también tuve etapas de ser infumable, una de tantas pieles que he mudado con el tiempo. Reconozco que he sido tóxica. Una toxicidad fundada sobretodo en el victimismo y la inconformidad que tenia por las decisiones mediocres que estuve tomando en mi vida a lo largo de muchos años, que como amiga victimista, fui depositando en personas cercanas, al ventilar mis «males» constantemente con ellas y hacerlas cargar con mi basura emocional.

Pero también aprendí algo más útil que toda esa vuelta: no importa lo que nadie piense de mí. Importa lo que yo piense de mí misma. Esa opinión archivada en un cajón ajeno puede quedarse ahí, cerrada con llave, coleccionando polvo. Yo ya no tengo la obligación de ir a discutirla.

Supongo que eso también es una forma de amor. Del tipo equivocado, con final de temporada cancelada sin previo aviso, pero amor al fin. El bueno, el que sí decidí quedarme aplicando, es el que empecé a tenerme a mí misma.

Solo queda agradecer, por lo compartido, por lo aprendido y por lo vivido.

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