Hace cuatro años empecé un proceso de auto aceptación bastante simple en apariencia: dejé de plancharme el cabello. Mi pelo es rizado 4c, y durante años lo alisé sin cuestionarme demasiado por qué. Simplemente era «lo normal», lo que se veía bien, lo que no llamaba la atención, lo que para algunos estandares de belleza te hace ver ordenada/o y responsable.
Entonces me hice trenzas africanas en todo el cabello, durante un año para aligerar la transición de las textura de cabello. Ahí empezó lo interesante: la gente empezó a tratarme distinto. En Uruguay, donde vivía en ese momento, noté un cambio real en cómo me miraban, me hablaban, me trataban. No fue sutil.
Y aquí es donde mi cabeza quiso hacerme una jugada: «si vemos las cosas como somos, y no como son, ¿por qué atraje tanto racismo en medio de mi proceso de empoderarme?» Como si la responsabilidad fuera mía. Como si mi cabello natural hubiera «invocado» algo que antes no estaba ahí. ¿Será que inconscientemente estaba autosugestionandome dándole demasiada atención a esas situaciones?
La respuesta es No. El racismo no lo atraje yo. Ya estaba ahí, dormido, esperando un estímulo visual para activarse. Lo único que hice fue dejar de esconderlo bajo un alisado que, sin saberlo, también estaba escondiendo una parte de mí. El racismo no es una interpretación mía de la realidad — es un comportamiento ajeno, real, que existía antes de que yo decidiera quererme distinto.
Lo tomé personal al principio, como me pasa casi siempre con el rechazo. Ese es mi patrón: primero me lo tomo personal, dejo que me pegue, y después empiezo a procesarlo. No soy de las que reacciona en paz espiritual instantánea — a mí me toma su rato.
Lo que me ayuda a salir de ese lugar no es una frase bonita ni una respiración profunda de manual. Es recordarme, cuando ya bajó la ola inicial, que eso no es sobre mí. Es sobre quien rechaza. El racismo no habla de mi cabello, habla de quien lo mira con desprecio. El rechazo, en general, casi nunca es información sobre quien lo recibe — es información sobre quien lo reparte.
Así que sí, mi cabello expuso racismo que ya existía. Y también expuso mi propia costumbre de cargar con responsabilidades ajenas, de preguntarme «qué hice yo» cuando la pregunta correcta era «qué le pasa a quien reacciona así.»
Sigo con mi cabello como es. Sigo procesando rechazo cuando aparece, a mi ritmo, sin fingir que no me toca. Pero cada vez tardo menos en recordar de quién es realmente el problema.

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