Dedicado a la memoria de Patrick B. y familia.
Si han escuchado la canción de Ricardo Arjona sobre la pareja de La Habana y de Nueva York — La chica que baila en el Tropicana, y al chico le gusta el rock— es como contar mi historia pero con plot twist de una serie estilo «Euphoria» latinoamericana/anglosajona… Mi canción más bien diría «Ella es de Caracas y él de Nueva York, ella baila salsa y él escucha hip hop».
Porque esa fue básicamente la sinopsis de mi vida durante unos años: dos ciudades que no calzan en nada, dos maneras de bailar, dos maneras de entender el silencio, metidas en la misma historia de amor. Si esto fuera de verdad una serie, el primer episodio terminaría justo ahí, con esa canción de fondo y yo pensando «esto va a salir mal, pero qué bien suena mientras dura».
Me enteré en mayo de que él había muerto en enero.
Cuatro meses. Cuatro meses caminando por el mundo, resolviendo cosas de una banalidad espectacular —el súpermercado, el trabajo, discutiendo con mi hijo para que se comiera los vegetales— mientras esa noticia ya existía en algún lado, esperando pacientemente a que el universo conspirara para que la noticia llegara a mi en un momento donde yo pudiera asimilarla sin que me paralizara y me tumbara en una profunda depresión. No sé que pasó que los esfuerzos realizados para que esta informacion llegara a mi fueron anulados de forma misteriosa e inexplicable. Lo cierto es que me enteré como una se entera de todo ahora: por casualidad, tarde, y con el celular en la mano como una tonta.
Fue dificil para mi entender que había muerto, y ademas de eso, que el universo entero haya decidido, sin consultarme, que yo ya no estaba en la lista de invitados a esa noticia.
Cómo llegamos aquí (o: bienvenidos al árbol genealógico más ridículo del Caribe y Brooklyn)
Lo conocí en Nueva York, y la manera en que llegué a él ya era una pista de que esta historia venía enredada de fábrica. Antes de ser mi concuñada, su cuñada había sido mi cuñada —porque yo salí primero con su hermano, y luego terminé con el padre de mi hijo, que era hermano del esposo de ella. Léelo otra vez. Yo también tuve que dibujar el árbol genealógico con flechitas un par de veces para entender en qué lío me había metido, y sigo sin estar segura de haberlo entendido del todo. Si esto fuera un guion, algún productor lo rechazaría por «poco creíble» y «demasiadas coincidencias». Oh well, señor productor: la vida real no tiene editor, y las familias se enredan así de feo sin pedirle permiso a nadie.
Él era neoyorquino. Yo, caraqueña. Básicamente juntamos el drama latino con el sarcasmo de Nueva York y montamos, sin saberlo, la telenovela más innecesariamente complicada del continente.
La ruptura
Cuando terminamos yo estaba embarazada de nuestro hijo. Y terminamos mal —de esas rupturas donde alguien tiene que quedar oficialmente coronado como el villano para que el resto del elenco pueda dormir tranquilo. Ese honor me lo llevé yo. Hablé mal de su familia, y no con elegancia precisamente, así que hoy, con la distancia que da el tiempo (y varias terapias que me debo a mí misma), lo puedo admitir sin que se me caiga el techo encima: estuve mal. No tenía razón.
Él estaba herido. Y ese dolor lleva a cualquiera a enfrentarse a demonios que solo quien lo siente sabe lo que le puede llevar a hacer. La pasó mal. Yo también la pasé mal, cargando la culpa de saber que mis palabras habían puesto su granito de arena en ese derrumbe. Nos hicimos daño los dos, cada uno con las herramientas rotas que tenía a mano —y las mías, para qué mentir, tampoco venían con manual de instrucciones.
Perdonarme a mí misma me costó muchísimo. Nada de epifanía con luz dorada y música de fondo. Fue más bien un trabajo lento y feo, como sacar el óxido de algo a punta de estropajo, hasta aceptar que hice daño sin que eso me convirtiera para siempre en la villana oficial de la historia.
El silencio con esperanza adentro
Pasamos dos años sin hablarnos. Dos años de silencio que, para mí, nunca fueron un cierre definitivo, sino más bien una pausa incómoda tipo «ahora no, pero en algún momento». Siempre guardé la esperanza —chiquita, arrinconada, pero viva— de que algún día pudiéramos tratarnos como dos adultos civilizados y no como dos personajes de reality show. No por nostalgia ni por amor de telenovela. Por nuestro hijo. Porque un niño merece ver a sus padres compartiendo el mismo espacio sin que el aire se ponga espeso como sopa fría.
Esa esperanza era mi manera silenciosa de creer que el reloj todavía estaba corriendo a mi favor.
No lo estaba.
Lo que de verdad perdí
Por eso el título de este post no es una frase bonita sacada de un calendario de escritorio. Es literal. Lo que perdí en enero —y de lo que no supe hasta mayo— no fue solo a él. Perdí la posibilidad de reparar. Perdí la oportunidad de que mi hijo algún día viera a sus padres hablándose con respeto, aunque fuera desde lejos. Perdí el «algún día» que llevaba guardado como una promesa silenciosa que me hacía a mí misma para poder dormir tranquila.
Nadie te avisa que el plazo para reconciliar tiene fecha de vencimiento, y que la vas a descubrir justo cuando ya venció.
La moraleja (sí, hay una, agárrense)
Vale, aquí va la parte de la lección, aunque en SUH lo evitemos como al vecino insoportable: si tienes una cuenta pendiente con alguien —un «algún día hablamos», un «cuando esté listo lo arreglamos»— no esperes a que el calendario decida por ti. No hace falta una reconciliación perfecta ni una escena de película; basta un mensaje incómodo, una llamada torpe, un «oye, esto sigue sin resolverse y no quiero que quede así para siempre». Porque el «algún día» no le pertenece a nadie, y el universo no manda recordatorio antes de cerrarte la puerta.
Y ya, no sigo, que si me pongo más motivacional me tienen que quitar el carnet de este blog.
Para ti, y para los tuyos
Esta parte la escribo sin humor, porque no todo necesita chiste para ser soportable.
A ti: si hay algo que perdonar de mi parte, te pido perdón. No para quedar bien ni para cerrar esto de forma bonita, sino porque de verdad lo siento, y porque ya no hay tiempo para decírtelo de otra forma más que escribiéndolo aquí, donde sea que estés.
A tu familia: quiero honrarlos, no enfrentarlos. Sé que esta historia tiene partes feas y que yo puse las mías. Pero también sé que ustedes formaron parte de su vida, lo quisieron, y merecen que este espacio hable de él con respeto y con cariño, no solo con el dolor de lo que no se resolvió.
Y quiero que sepan esto, porque me imagino que les dará algo de paz: mi hijo es el único hijo que él tuvo. En él hay algo de su padre que sigue caminando por este mundo — sus gestos, su sangre, quién sabe qué más con el tiempo. Siempre, siempre van a tener las puertas abiertas de mi parte para que hagan contacto con él, para que lo conozcan, para que él los conozca a ustedes. Eso no depende de lo que pasó entre su padre y yo. Le pertenece a él.
Cierre
Sigo de pie. Con la culpa vieja convertida en otra cosa —todavía no sé bien en qué—, con una moraleja que no pedí pero que me tocó aprender a la fuerza, y con un hijo al que un día tendré que contarle esta historia enredada, dolorosa, con su humor negro y todo, tal como fue.

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