TRÁGAME TIERRA

Yo era una adolescente a la que le daba vergüenza todo. Hablar con alguien que no conocía, pedir algo, equivocarme, llamar la atención… cualquier cosa podía convertirse en un pequeño infierno mental. Recuerdo especialmente una vez que tenía que pedirle algo al socio de mi jefe y me daba una vergüenza terrible dirigirme a él. No estaba haciendo nada malo, pero en mi cabeza ya había una película completa sobre lo que podía pensar de mí, cómo podía verme y lo mal que podía quedar.

Mi ex-jefe, que además es un viejo amigo al que le tengo muchísimo cariño, me hizo una pregunta que se me quedó grabada: ¿qué es lo peor que puede ocurrir? Y la respuesta era mucho más sencilla que toda la película que yo había creado: que me dijera que no. Y ya. A veces nuestros pensamientos, proyecciones y complejos consiguen limitarnos hasta el punto de impedirnos hacer cosas tan sencillas como pedir un favor. Nos da miedo una respuesta que todavía no existe y, sin darnos cuenta, empezamos a vivir como si ya hubiera ocurrido.

Pero hay momentos en los que la vergüenza deja de ser una posibilidad imaginaria y se convierte en un hecho. Te caes delante de todo el mundo, dices una estupidez, te rechazan, haces algo que preferirías que nadie hubiese visto… o, llevándolo al extremo, te tiras un pedo, se te sale la caca y unos cuantos de los presentes se dan cuenta. En ese momento ya no hay proyección ni “¿y si?”. Pasó. Y ahora sí: trágame tierra. Probablemente quieras cambiarte el nombre, mudarte de país y empezar una nueva vida.

Pero aquí es donde me interesa la vergüenza. ¿Qué hacemos después de quedar expuestos? Porque una situación incómoda puede convertirse en una anécdota que años después contamos entre risas, pero también puede convertirse en algo que nos marca. Puede ser una anécdota o puede ser un trauma. Y no siempre depende solamente de lo que ocurrió, sino de cómo fuimos tratados, del significado que tenía para nosotros y de las herramientas que teníamos en ese momento para procesarlo.

Hay una diferencia enorme entre pensar “hice el ridículo” y empezar a creer “soy ridícula”. Entre “me rechazaron” y “nadie me va a querer”. Entre “me equivoqué” y “no soy capaz”. Porque cuando convertimos una experiencia en una definición de nosotros mismos, dejamos de intentar evitar un momento incómodo y empezamos a escondernos de la vida.

Quizás por eso superar la vergüenza no significa dejar de sentirla. Significa permitirnos ser humanos. Pedir aunque exista la posibilidad de recibir un no. Hablar aunque podamos equivocarnos. Mostrar algo que hemos creado aunque no guste. Acercarnos a alguien aunque podamos ser rechazados. Y, sobre todo, aprender que podemos quedar expuestos sin que eso nos quite nuestro valor.

Porque estar vivos implica exponernos. No hay manera de amar, crear, pedir, intentar algo nuevo o simplemente relacionarnos con otros sin correr el riesgo de hacer el ridículo alguna vez. Y aunque nos gustaría tener siempre el control de la imagen que los demás tienen de nosotros, la realidad es que no podemos decidir lo que alguien piensa. Lo único que podemos decidir es cuánto vamos a dejar de vivir por miedo a esa posibilidad.

Así que quizá la pregunta no sea solamente “¿cómo supero la vergüenza?”, sino “¿qué estoy dejando de hacer por miedo a sentirla?”. Quizás ahí encontremos cosas que llevamos demasiado tiempo evitando: pedir, hablar, intentar, mostrarnos, acercarnos, volver a empezar.

Y entonces recuerdo aquella pregunta que me hizo mi jefe hace tantos años: ¿qué es lo peor que puede ocurrir? Puede que te digan que no. Puede que hagas el ridículo. Puede que alguien piense algo de ti que no puedes controlar. Puede que duela. Pero también puede salir bien.

Y si no sale bien, tampoco significa que se acabó el mundo. Quizás simplemente toca respirar, levantar la frente y seguir brillando.

Porque sí, algunas veces necesitaremos que la tierra nos trague.

Pero que no nos deje ahí dentro.

NO ES EL FIN DEL MUNDO.

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