¿Por qué a tantas personas nos resulta tan difícil escuchar?
Si tan solo dejáramos a un lado todo el ruido y nuestros pensamientos, y prestáramos atención total a lo que se nos dice y a lo que nos rodea, descubriríamos algo más arrecho que el mismísimo País de las Maravillas.
Si nos vamos a lo banal, ¿cuántas veces no nos pasa que los seres que amamos nos dicen con acciones lo que sienten —sea positivo o negativo— y, por no saber escuchar, lo interpretamos como nos da la gana, a nuestra conveniencia? Si lo que nos están diciendo va en contra de lo que queremos, nos hacemos los güevones. Y cuando sus acciones terminan siendo coherentes con lo que ya nos habían dicho con palabras, ahí sí nos victimizamos: hacemos show, metemos drama, todo el cuento chino. Ahora si el escenario es que, no nos lo supieron decir con palabras, pero sí con acciones, nos hacemos los ciegos.
Estamos empeñados en engañarnos: idealizando gente que ni bolas nos da, omitiendo cosas que necesitamos integrar para evolucionar y ser capaces de encontrar momentos de felicidad, plenitud y agradecimiento.
Y por otro lado está la escucha con el alma, o “la energía que no miente”
Hay personas que nos buscan porque quizás necesitan ayuda, y terminamos hablando de nosotros mismos, de nuestra propia experiencia, cuando en realidad solo quieren que los escuchen. Eso lo digo por mí. Es algo que a veces me choca de mí misma —ahora menos que antes—, porque siempre terminaba hablando de mí, hasta que comencé a practicar la escucha: simplemente callar y escuchar.
Escuchar no es quedarse callado mientras el otro habla. Escuchar es estar tan presente que, por un momento, dejamos de ser nosotros el centro de la conversación.
Después de entender esto, empecé a darme cuenta de que hay palabras que significan mucho más de lo que inicialmente se intenta decir. También entendí que los silencios hablan y hasta gritan!. Y que, si hay dudas sobre lo que estamos escuchando, probablemente haya algo que se está perdiendo en la traducción del mensaje que la otra persona realmente quiere transmitir.
¿Y si el problema no es que no sabemos escuchar a los demás, sino que tampoco sabemos escuchar la realidad ni a nosotros mismos?
La realidad nos habla todo el tiempo. Nos habla a través de las acciones de las personas, de los silencios, de las consecuencias de nuestras decisiones, de nuestro cuerpo cuando algo no anda bien, de las oportunidades que se presentan y de las que desaparecen.
Pero escuchar la realidad tiene un precio: nos obliga a renunciar a la historia que nos habíamos contado. Y eso duele.
¿Será que nos cuesta tanto escuchar porque escuchar nos obliga a cambiar?
Mientras no escuchamos, todavía podemos seguir creyendo la historia que queremos. Pero cuando realmente escuchamos… ya no hay excusas. Ya no podemos decir “no me di cuenta”. La escucha trae responsabilidad y a veces no estamos preparados para ser responsables.
Porque cuando escuchas de verdad, ya no puedes seguir diciendo que no sabías. Ya no puedes seguir esperando que alguien cambie, ni justificar lo injustificable, ni ignorar lo que tu cuerpo, tu intuición o la vida llevan tiempo intentando mostrarte. Escuchar nos deja sin excusas.
Dicen que nadie es dueño de la verdad. Y quizá sea cierto. Pero estoy convencida de que la realidad siempre nos habla. Lo que cambia no es que la realidad empiece a hacerlo; lo que cambia es que, muchas veces, solo cuando el dolor aparece estamos dispuestos a escuchar.

