Últimamente me he dado cuenta de algo:
Hay personas que te conocen… antes de conocerte. No porque sean psíquicas, sino porque alguien ya les hizo el tráiler de tu personalidad.
Y uno lo nota.
No sé cómo explicarlo, pero lo notas.
Empiezas a hablar con alguien, todo fluye, te cae bien, se ríen, conectan… y meses después pasa algo que te hace pensar:
“Ajá… a esta persona ya le habían dado un briefing sobre mí.”
Y ojo…
Puede que el briefing haya sido bastante acertado.
Pero es que yo no soy igual con todo el mundo.
Ni tú tampoco.
Yo no voy a sentarme con mi mamá a contarle todas las drogas que me he metido. Tampoco voy a sacar ese tema con un desconocido… y mucho menos con alguien que, cinco minutos antes, me dijo que las drogas le parecen la peor creación de la humanidad.
No es que tenga múltiples personalidades (bueno, eso depende de mi ciclo, del mapa astrológico del momento… y a veces sí estoy medio loquita), pero a lo que vamos: todavía no me interesa ser expulsada de la conversación.
Todos filtramos información.
No porque estemos manipulando a nadie.
Sino porque las relaciones tienen niveles.
Imagínate conocer a alguien y, en los primeros diez minutos, contarle tu trauma de la infancia, las tres veces que te rompieron el corazón, tu contraseña del WiFi y dónde escondes el pasaporte. (Aunque me declaro culpable de haberlo hecho bajo los efectos de alguna bebida espirituosa).
Hay cosas que simplemente llegan cuando tienen que llegar.
Las personas no se descubren. Se van desbloqueando. Como un videojuego. El problema aparece cuando alguien decide hacerte el resumen ejecutivo.
“Ella es intensa.”
“Él es complicado.”
“Ella es arrecha, pero buena gente.”
“Con él hay que tener paciencia.”
Y ya.
Ahora esa persona no está conociéndome a mí. Está verificando si el manual venía bien impreso.
Si hablo mucho…
“Sí, así me dijeron.”
Si hablo poco…
“Mmm… qué raro, hoy vino en modo ahorro de batería.”
Si hago un chiste negro…
”¡Viste! Esa era la intensidad.”
O sea… ya no tengo derecho ni a sorprender. Lo más loco es que antes yo también hacía eso. Yo también rajé cuero. Yo también repartí reseñas de personas como si fuera TripAdvisor humano.
“Es buena gente, pero viene con detalles de fábrica.”
Y con los años entendí algo:
Cada vez que describes a una persona, le estás prestando tus lentes a alguien más. Y resulta que esos lentes tienen tu aumento, tus rayones, tus traumas y hasta tus huellas dactilares.
No muestran la realidad.
Muestran tu versión de la realidad.
Hoy me provoca algo distinto:
Quiero un círculo donde la gente esté tan ocupada viviendo que no necesite hacer auditorías de la personalidad ajena.
Personas que, si conocen a alguien, prefieran descubrirlo por ellas mismas.
Que si es intenso, tímido, raro, gordo, flaco o habla demasiado… les dé curiosidad antes que ganas de etiquetarlo.
Entendamos que ninguna de esas cosas alcanza para resumir una persona, porque, al final, las personas más interesantes que he conocido tenían algo en común:
No venían con instrucciones.
Y quizás ese sea el verdadero privilegio que deberíamos darnos entre todos…
El derecho de que cada quien escriba su propia introducción.

